Cuando estaba en la universidad, tomé una clase de Psicología del Mexicano. Entre otros, leimos el libro de Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura, quien descubrió a México estando fuera de México. En su libro “El Laberinto de la Soledad”, escribió sobre la falta de identidad de los mexicanos.
Pero no hay nada como la vida real, para aprender de la vida real. Los pocos días del Voyage en México, fueron una oportunidad para comprender más sobre mi verdadero México. La natural curiosidad de nuestros amigos visitantes me dieron la oportunidad de ver la realidad mexicana como no la había visto antes.
Como mexicanos, hemos heredado dos culturas distintivas la indígena y la española. Creemos que tenemos una identidad muy fuerte, sin embargo México, su identidad y su esencia hoy permanecen escondidos detrás de máscaras autocreadas, debajo de las cuales nos escondemos de nosotros mismos a través de las apariencias y de la imagen. Es como si hubiera algo que nos duele tanto, que no queremos traerlo a la superficie para enfrentarlo. Invertimos grandes cantidades de energía e incluso de dinero creando falsas impresiones.
Conforme observo a la gente en las calles riendo, sin importarles los demás, solamente enfocados a su propia apariencia, a su imagen; puedo ver cómo el mexicano promedio se encuentra huyendo de sí mismo/a. Y me pregunto cómo esto se vincula con nuestra falta de conexión con las raíces originales que teníamos antes del Colonialismo. Me parece claro que negar una parte de nuestra identidad nos aparta en un mundo de soledad, en una interminable re-creación y búsqueda de nuestra verdadera identidad.
Es bien sabido que las Fiestas son casi sinónimo de ser Mexicano. Pero ¿porqué nos encantan? La razón puede ser que a través de ellas expresamos la idea de no querer estar solos, ayudándonos a sacar al verdadero mexicano que usualmente mantenemos escondido detrás de una máscara de auto-negación.
Negamos nuestra propia identidad. Esto es muy fuerte y me duele mucho porque nuestra historia está mezclada con sentimientos contrastantes de dolor y de alegría, de amor y de odio. Tenemos tanto qué sanar aún, y no nos damos cuenta de esta necesidad. Nuestras raíces están bien guardadas en lugares como el fascinante Museo de Antropología de la Ciudad de México. Nuestra historia Pre-hispánica se encuentra ahí y en los libros. Los visitantes se quedan impresionados. ¿Y nosotros? ¿Cuántos mexicanos han estado ahí como resultado de una curiosidad personal, sin ser llevados por sus profesores de la escuela? Es triste que lo hemos negado, enterrado y poco a poco olvidado, porque muchas respuestas de quién somos y porqué somos como somos se encuentran ahí. En lugar de esto llenamos los centros comerciales, en busca de marcas que nos permitan expresar lo que queremos ser.
¿Puede uno sumergirse en un viaje de descubrimiento interno, sin sumergirse en un viaje de descubrimiento de nuestra rica historia? Tal vez es posible. Pero para que México pueda jugar un pepel inspirador en el problemático mundo en que vivimos hoy, necesitamos lidiar primero con nuestros problemas internos e históricos.
Ser el cambio que quiero ver en el mundo, significa que debo empezar con una comprensión más profunda de mi propia historia. Esto debe ser parte de nuestra responsabilidad en América Latina, a fin de entregar lo mejor de nosotros al mundo.

